El paisaje juega a escaparse al otro lado de la ventanilla. Mis ojos son testigo de la rapidez del verde y la carretera escindida en dos carriles, perciben cómo la panorámica se aleja de cualquier posibilidad de redención. Huyen los árboles esparcidos arbitrariamente a ambas partes del trazado asfaltado,cuando los rayos de luz irradian todo el brillo en su espesor, a modo de preliminar veraniego. Es el vals de la despedida, la marcha y partida previsible. La naturaleza rinde homenaje con trinos y crepitar de las hojas tal vez demasiado suave, para ser captado por la sensibilidad de las máculas dispuestas en cualquier oído interno. La toscana va quedando cada vez más lejos, y aquellos habitáculos impregnados de motivos y aromas religiosos formarán parte de nuestro último y grandioso recuerdo.
Vuelan los "tickets" de metro, arremolinándose en densos círculos concéntricos cerca de la Via Vittorio Veneto. Se agotan los helados entre prisas y gotas de sudor al filo de las seis de la tarde, después de jornadas intensas con largos caminares. Retendremos el regusto avellanado en el centro de nuestras papilas, y guardaremos los menús de restaurante entre sábanas finas y pijamas de estío, en el último cajón. Después de todo, continuaremos aviniendo a nuestra memoria cómo dos ventanas podían encajar en la noche romana bochornosa, quedando así bien hermético su conjunto; y dentro el calor de los cuerpos tendidos sobre los camastros del hostal, divagando en un vaivén continuo, averiguando todos los rincones de un espacio resguardado del ruido exterior nocturno.
Como toda buena vivencia, ha de volver a suceder. Sencillamente, es seguro que aquello dotado de naturaleza inolvidable volverá a nosotros, a nuestras manos, consistiendo en la urdimbre de nuestro próximo viaje.
Arrivederci, Roma eterna.
Ya verás como sí Iván! Bienvenido al paraíso blogger!
ResponderEliminar¡El Paaaaaaarra! ¡Welcome! :D
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