domingo, 1 de enero de 2017

1964



Una historia no tiene principio ni fin, tan solo puertas de entrada.  
Una historia es un laberinto infinito de palabras, imágenes y espíritus conjurados para desvelarnos la verdad invisible sobre nosotros mismos. Una historia es, en definitiva, una conversación entre quien la narra y quien la escucha, y un narrador solo puede contar hasta donde le llega el oficio y un lector solo puede leer hasta donde lleva escrito en el alma.

Esa es la regla maestra que sostiene todo artificio de papel y tinta, porque cuando se apagan las luces, se silencia la música y se vacía el patio de butacas, lo único que importa es el espejismo que ha quedado grabado en el teatro de la imaginación que alberga todo lector en su mente. Eso y la esperanza que todo hacedor de cuentos lleva dentro: que el lector haya abierto su corazón a alguna de sus criaturas de papel y le haya entregado algo de sí mismo para hacerla inmortal, aunque solo sea por unos minutos.

                                                                                                         
                                               El Laberinto de los Espíritus

Escasos libros dejan huella como este, arrastrándote hasta altas horas de una madrugada tal que esta, como si de una suerte de constante brisa meciéndote en el entramado hilvanado de sus líneas se tratase. Sólo por poder extraviarse uno entre las casi mil páginas merece la pena vivir a expensas de la inagotable literatura. Lástima que las horas al fin todo lo consuman. 





miércoles, 28 de diciembre de 2016

Prender la vie.


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Arder a viva llama, como los recuerdos vueltos cenizas que con el abrazo u opresivo lazo de una lengua de fuego se exilian de la memoria haciendo de esta un fotograma en blanco. Disparar a quemarropa, habiendo antes desgastado el soniquete metálico que emite el tambor con la manipulación del revólver. Coleccionar las virutas, reunión, junta y montón de madera serrada, venida a menos, nubes de polvo esparcidas al descoyuntarse la estructura central  hasta de  los pensamientos que eran sólidos. Suspender en el vacío, planear a modo de etérea capa de invisibilidad la vocación que con el agite de los años es ahora ocupante de geografías inconcretas. Rasurar a fin de cuentas el alma, trastabillar y caer en el abismo o certeza de que son las limitaciones innatas responsables, aunque no últimas y por ello sólo en parte, de que todo ápice de furor esté extinto, yendo menguando nuestra corporalidad y silueta al ritmo al que un fósforo incendiado va empequeñeciéndose, minimizándose a la par el ímpetu del latido gestado en el propio corazón.

domingo, 10 de febrero de 2013

Delirios de una duermevela.

La lascivia hedionda diluida en su saliva se paseó por los dominios de mis sumisos labios, desnudándose la comisura a modo de retazo de piel resquebrajada, ardiendo la rectitud y compostura en la pira fatua de la pasión irrefrenable.

martes, 29 de enero de 2013

La inocencia virgen violada.

Olvido era la fiebre salpicada por los cuerpos que se desnudaban, mitad cubiertos por el sudario de sábanas níveas como la leche amarga, trabando el calor surgente el tiempo compartido, que sin rubor en sus vértices denostaba la fusión concupiscente de nuestras entrañas; sin dar tregua la piel vacilante que, ante el séquito de pálpitos de frenado y represión, rechazaba abnegación a horadar y hendir su extensión sembrada de tersura y firmeza. 
Después, muertas las horas más oscuras con la mañana en ciernes, el arrojo de luz descubriría la cicatriz practicada en la fragilidad del fuero íntegro, abocado al empape y sangrado similar al de una matriz desgarrada, al grana vino derramado por los cueros reventados que se enfrentan a la atrocidad del cuchillo.

lunes, 28 de enero de 2013

Fractum anima.

La manipulación es el mayor despojo de personalidad y alma humana, el fuero interno corrompido de forma irreversible. Mírate y sorbe la sangre que tintinea en tus párpados ahora,y resbala a placer por las pestañas; han manchado de alquitrán tu esencia y una turbia septicemia inunda la arquitectura de tus vasos. Mírate imprimiendo cardenales el daño en tu rostro, las ojeras perfilando el contorno de unos ojos henchidos de lágrimas, cristales quebrados, suspendidos, palpitantes en la inmovilidad de unas cuencas semivacías, opacidad conferida por el crespón de la noche que antaño estuviere atestado de ceniza en virutas. Mira quebrarse impasible tu integridad en el espejo, deshaciéndote en halos de neblina, denso vaho que pierde vuelo y frío y muerto como un nicho besa el suelo, lento.

lunes, 20 de junio de 2011

Posos ajenos y anámnesis

Medimos el tiempo bien con relojes anudados a nuestra muñeca izquierda, bien observando las estructuras esféricas adosadas en las paredes de aquellos edificios que habitamos o simplemente visitamos, siendo meras aves de paso, tan ávidas como elegantes. Las golondrinas se reúnen sobre los pavimentos con adoquín ejecutando las mágicas danzas, ritos efectuados desde su tierno nacimiento. Son también conscientes del decurso de los minutos que se abrasan y retuercen con calor, insertados en la brevedad de la vida humana. El minutero es el compás que juzga a toda materia con vida mínima contenida; nadie escapa a su alcance, nadie dispone del salvoconducto para obviar el fenecer, presentado en la postrera frontera de cualquier ciclo vital que se precie.

Entierran los días las semillas, brotes e imágenes emergentes en la izquierda del tiempo. Son borradas las huellas tatuadas por el andariego a lo ancho del trecho de tierra, rodeno y fangos. Los trazados y signos se tornan permeables, evadiéndose de la superficie que las pupilas centradas en la esfera oval inmortalizan, como el flash de la cámara al presionar el pulgar. Efecto de barrido y paisaje desértico, extraño páramo a merced del abandono y lapsos chorreando y vaciándose de vida. Después no queda nada, más bien queda la ausencia materializada en un vacío inmenso, amplio, abismal.

Los vínculos enlazados con su cuerpo durante meses en desuso, por su desgaste, son uniones débiles humedecidas en el aire esparcido, camufladas bajo la densidad de sus mantos. El calor desprendido por aquellas ordenaciones epiteliales, se retuvo en el colchón de las tardes invernales. De vez en cuando, continúa frecuentando mi cueva en domicilio, volviendo a detener la sustancia controlada por Cronos, volviendo a dilatar mi cavidad bucal a modo de sonrisa. Se yergue así mi ánimo, su olor toma un cariz especial y la recepción en una de las pituitarias es conversa en inevitable.

Tardes sin su piel nívea, sin el reparto liso de su cabello claro naciente en el cuero cabelludo. En los momentos más inesperados, irrupciones posteriores a la apertura de una puerta, pálpito desbocado en la fusión con el frenesí naciente y baile de hormonas, producto de la aparición inusual y efímera. El tacto de su cuerpo amodorra mi entereza y mi cordura, y se rinde la movilidad de mis dedos ante los paraísos de piel joven.

Puedo permitirme cualquier retrospección, inmiscuirme en las escenas de un acontecimiento pasado con la invitación correspondiente al añoro melancólico. Beber a sorbos de una única copa con vino de jerez, embriagándome nuevamente con tu aroma característico despedido. Ansío disponer de la frecuencia, de un de vez en cuando percolado por el ventanuco confinado en la pared y abierto tímidamente; visitas impares y repartidas a placer por el azar en nuestro calendario. Sé que nunca nos pertenecimos, sé que la reciprocidad viste con galas y abalorios de ausencia. Sé una ilusión óptica que se torne palpable cuando mi apetencia reclame su atención.

Quedan tus horas apretujadas en mi habitación, los recortes coloridos de tus camisas de invierno y los granos de arena que depositaste durante los principios del último verano, cuando cruzamos algunas miradas casuales y no hubo intercambio de palabras los sábados en la playa, cuando la luna imperaba en la nocturnidad. Siempre quedarás, siempre tú como fuego fatuo, como las cenizas desechos de los rescoldos que levitaron en virutas de fuego.

Ni triste olvido, ni reducción tuya en mi sesera. 

domingo, 19 de junio de 2011

El cometido de los sueños.

Albergamos esperanzas temprano o mientras el discurrir de nuestra vida, más en la lejanía que en la proximidad inmediata. Son construcciones idealizadas que toman forma de pensamiento pero no se almacenan entre los tejidos componentes de la masa cerebral, como éstos; son pequeñas y grandes ficciones, tamaños intermedios y variados provistos de alas que baten, remueven y marean el aire, hasta depositarse en un ordenado montón en el rincón más íntimo y cobijado de nuestro fuero interno. Vibraciones exclusivas de la propia esencia, puesto que cada cuál exterioriza su contención de manera determinada, singular. Pueden entrar repentinamente,con la velocidad de las ráfagas de aire intrusas, que sitian los orificios nasales para después proyectarse vía tráquea. Entonces, conquistarán la plenitud de los espacios habidos y por haber, cada resquicio de silueta celular perfilada. Se adueñarán de los aposentos de los órganos vitales repartidos por toda la región de nuestro organismo, pasando a ser reos eternos a merced de los latidos de nuestro corazón, de su palpitar.

Son ideales, unos pasajeros, otros residentes con un contrato de permanencia entre las manos. Pueden denominarse quereres, afanes, objetivos, metas y compromisos. Los sueños, responden a la definición de satisfacción y desaire, englobándose y encasillándose en campos tan opuestos y tan afines, a su vez. Esculpen y modelan el espinazo de las ganas, suponiendo la razón de ser de todo homínido capaz de flirtear con la atmósfera altiva. Corrientes que circulan y consiguen velocidad vertiginosa, permitiendo que el sujeto portador arrastre sus talones sobre la superficie de un orbe que da tumbos en una órbita asignada, descrita en el punto álgido del lienzo celeste, pendiendo en altura.

El motor que otorga perpetuidad a un proceso y período marcado por su carácter limitado, mortal, frágil y caduco. La inyección en dosis concentrada para contener la necesidad de practicar avanzadillas y el consiguiente avance del calendario. Son los sueños los tesoros que poseemos siempre, artículos a nuestra disposición de los cuales nos nutrimos, engrandando así nuestra esencia. Así, debemos ser precisos y proceder atendiendo al orden estipulado y concorde. Integramos en las oquedades organizadas bajo nuestra piel la necesidad irrefrenable de arrastrar toda apetencia hacia el estado del ahora, el presente, el ya momentáneo. Olvidamos y tornamos difuso el hecho que toda consolidación conlleva un curso, y cuando los golpes de realidad deforman en agresivos aspavientos el relieve de la mejilla, somos propulsados y despedidos del interior de cualquier burbuja de ensoñación.

Solamente será posible ejercer presión intensa sobre el contorno inferior del ojo, por parte del párpado superior. En calidad de "decididor", somos quiénes para tejer nuestra imagen posterior y los espacios que ocuparemos. Jugar a tejer un destino, el mañana que queriéndolo o no será visitante cuando ya no hablemos del hoy coetáneo de las crisis económicas o  manifestaciones juveniles. Podemos regocijarnos en la oportunidad dada y facilitada de improvisar nuestra presencia en la Tierra posterior. No confundamos dicha opción contemplada con la seguridad y certeza de que toda planificación y devenir programados se sucedan tal y como en primigenio origen fueron concebidos. Será o no será; quizá materia inerte,quizá resto existente.

Los sueños se caracterizan por encarnar un tremendo esfuerzo y dedicación en la tónica habitual del día a día. Cualquier otro modo manifestado, pertenecerá a la dicha con la que todo sujeto puede verse buenamente impregnado, a los obsequios de la vida que son entregados en el instante menos esperado, no por ello inoportuno. Los más cercanos, se corresponden con los episodios ensoñados después de experimentar el cálido y permanente contacto con la almohada rellena de plumas blancas y finas, como la cal, la sal y la nieve. Imágenes que se persiguen, se empujan y se desbancan en nuestro cerebro apagado por la nocturnidad, transportándonos a escenarios terrenales o celestiales, retrayéndonos en los espacios ocupados por esferas en donde no existe la sensación de ahogo y similares, siendo experimentada la compañía del bienestar y gozo.

Las casas que siempre imaginamos habitar, desde los albores de una humanidad que se autodestruye y pude rancia, el acúmulo de vigas que no podemos depositar cuando queramos y resultar en el conjunto previamente diseñado. Las sedas de los sueños, jamás serán tejidas por la rueca de la abuela los domingos por la mañana, cuando la semana es ya vieja y fenece para así dar paso al alumbramiento de nuevos días. Aquellos paraísos en la madrugada que exploramos cada noche, se deshacen, reduciéndose hasta romperse, cuan espejismo dibujado entre las dunas del desierto africano.

Los víveres que se acaban y que no son, que nos alimentan vanamente para dejarnos, en último término,en la desnudez más absoluta. Como deja, el invierno, las ramas de los árboles cuando muere el otoño precedente. Muros de roca engastada y apilada, que producen el choque y desliz de cualquier cuerpo que colisione en superficie. Barreras de más allá, cuando no de acá.