domingo, 19 de junio de 2011

El cometido de los sueños.

Albergamos esperanzas temprano o mientras el discurrir de nuestra vida, más en la lejanía que en la proximidad inmediata. Son construcciones idealizadas que toman forma de pensamiento pero no se almacenan entre los tejidos componentes de la masa cerebral, como éstos; son pequeñas y grandes ficciones, tamaños intermedios y variados provistos de alas que baten, remueven y marean el aire, hasta depositarse en un ordenado montón en el rincón más íntimo y cobijado de nuestro fuero interno. Vibraciones exclusivas de la propia esencia, puesto que cada cuál exterioriza su contención de manera determinada, singular. Pueden entrar repentinamente,con la velocidad de las ráfagas de aire intrusas, que sitian los orificios nasales para después proyectarse vía tráquea. Entonces, conquistarán la plenitud de los espacios habidos y por haber, cada resquicio de silueta celular perfilada. Se adueñarán de los aposentos de los órganos vitales repartidos por toda la región de nuestro organismo, pasando a ser reos eternos a merced de los latidos de nuestro corazón, de su palpitar.

Son ideales, unos pasajeros, otros residentes con un contrato de permanencia entre las manos. Pueden denominarse quereres, afanes, objetivos, metas y compromisos. Los sueños, responden a la definición de satisfacción y desaire, englobándose y encasillándose en campos tan opuestos y tan afines, a su vez. Esculpen y modelan el espinazo de las ganas, suponiendo la razón de ser de todo homínido capaz de flirtear con la atmósfera altiva. Corrientes que circulan y consiguen velocidad vertiginosa, permitiendo que el sujeto portador arrastre sus talones sobre la superficie de un orbe que da tumbos en una órbita asignada, descrita en el punto álgido del lienzo celeste, pendiendo en altura.

El motor que otorga perpetuidad a un proceso y período marcado por su carácter limitado, mortal, frágil y caduco. La inyección en dosis concentrada para contener la necesidad de practicar avanzadillas y el consiguiente avance del calendario. Son los sueños los tesoros que poseemos siempre, artículos a nuestra disposición de los cuales nos nutrimos, engrandando así nuestra esencia. Así, debemos ser precisos y proceder atendiendo al orden estipulado y concorde. Integramos en las oquedades organizadas bajo nuestra piel la necesidad irrefrenable de arrastrar toda apetencia hacia el estado del ahora, el presente, el ya momentáneo. Olvidamos y tornamos difuso el hecho que toda consolidación conlleva un curso, y cuando los golpes de realidad deforman en agresivos aspavientos el relieve de la mejilla, somos propulsados y despedidos del interior de cualquier burbuja de ensoñación.

Solamente será posible ejercer presión intensa sobre el contorno inferior del ojo, por parte del párpado superior. En calidad de "decididor", somos quiénes para tejer nuestra imagen posterior y los espacios que ocuparemos. Jugar a tejer un destino, el mañana que queriéndolo o no será visitante cuando ya no hablemos del hoy coetáneo de las crisis económicas o  manifestaciones juveniles. Podemos regocijarnos en la oportunidad dada y facilitada de improvisar nuestra presencia en la Tierra posterior. No confundamos dicha opción contemplada con la seguridad y certeza de que toda planificación y devenir programados se sucedan tal y como en primigenio origen fueron concebidos. Será o no será; quizá materia inerte,quizá resto existente.

Los sueños se caracterizan por encarnar un tremendo esfuerzo y dedicación en la tónica habitual del día a día. Cualquier otro modo manifestado, pertenecerá a la dicha con la que todo sujeto puede verse buenamente impregnado, a los obsequios de la vida que son entregados en el instante menos esperado, no por ello inoportuno. Los más cercanos, se corresponden con los episodios ensoñados después de experimentar el cálido y permanente contacto con la almohada rellena de plumas blancas y finas, como la cal, la sal y la nieve. Imágenes que se persiguen, se empujan y se desbancan en nuestro cerebro apagado por la nocturnidad, transportándonos a escenarios terrenales o celestiales, retrayéndonos en los espacios ocupados por esferas en donde no existe la sensación de ahogo y similares, siendo experimentada la compañía del bienestar y gozo.

Las casas que siempre imaginamos habitar, desde los albores de una humanidad que se autodestruye y pude rancia, el acúmulo de vigas que no podemos depositar cuando queramos y resultar en el conjunto previamente diseñado. Las sedas de los sueños, jamás serán tejidas por la rueca de la abuela los domingos por la mañana, cuando la semana es ya vieja y fenece para así dar paso al alumbramiento de nuevos días. Aquellos paraísos en la madrugada que exploramos cada noche, se deshacen, reduciéndose hasta romperse, cuan espejismo dibujado entre las dunas del desierto africano.

Los víveres que se acaban y que no son, que nos alimentan vanamente para dejarnos, en último término,en la desnudez más absoluta. Como deja, el invierno, las ramas de los árboles cuando muere el otoño precedente. Muros de roca engastada y apilada, que producen el choque y desliz de cualquier cuerpo que colisione en superficie. Barreras de más allá, cuando no de acá.

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