lunes, 20 de junio de 2011

Posos ajenos y anámnesis

Medimos el tiempo bien con relojes anudados a nuestra muñeca izquierda, bien observando las estructuras esféricas adosadas en las paredes de aquellos edificios que habitamos o simplemente visitamos, siendo meras aves de paso, tan ávidas como elegantes. Las golondrinas se reúnen sobre los pavimentos con adoquín ejecutando las mágicas danzas, ritos efectuados desde su tierno nacimiento. Son también conscientes del decurso de los minutos que se abrasan y retuercen con calor, insertados en la brevedad de la vida humana. El minutero es el compás que juzga a toda materia con vida mínima contenida; nadie escapa a su alcance, nadie dispone del salvoconducto para obviar el fenecer, presentado en la postrera frontera de cualquier ciclo vital que se precie.

Entierran los días las semillas, brotes e imágenes emergentes en la izquierda del tiempo. Son borradas las huellas tatuadas por el andariego a lo ancho del trecho de tierra, rodeno y fangos. Los trazados y signos se tornan permeables, evadiéndose de la superficie que las pupilas centradas en la esfera oval inmortalizan, como el flash de la cámara al presionar el pulgar. Efecto de barrido y paisaje desértico, extraño páramo a merced del abandono y lapsos chorreando y vaciándose de vida. Después no queda nada, más bien queda la ausencia materializada en un vacío inmenso, amplio, abismal.

Los vínculos enlazados con su cuerpo durante meses en desuso, por su desgaste, son uniones débiles humedecidas en el aire esparcido, camufladas bajo la densidad de sus mantos. El calor desprendido por aquellas ordenaciones epiteliales, se retuvo en el colchón de las tardes invernales. De vez en cuando, continúa frecuentando mi cueva en domicilio, volviendo a detener la sustancia controlada por Cronos, volviendo a dilatar mi cavidad bucal a modo de sonrisa. Se yergue así mi ánimo, su olor toma un cariz especial y la recepción en una de las pituitarias es conversa en inevitable.

Tardes sin su piel nívea, sin el reparto liso de su cabello claro naciente en el cuero cabelludo. En los momentos más inesperados, irrupciones posteriores a la apertura de una puerta, pálpito desbocado en la fusión con el frenesí naciente y baile de hormonas, producto de la aparición inusual y efímera. El tacto de su cuerpo amodorra mi entereza y mi cordura, y se rinde la movilidad de mis dedos ante los paraísos de piel joven.

Puedo permitirme cualquier retrospección, inmiscuirme en las escenas de un acontecimiento pasado con la invitación correspondiente al añoro melancólico. Beber a sorbos de una única copa con vino de jerez, embriagándome nuevamente con tu aroma característico despedido. Ansío disponer de la frecuencia, de un de vez en cuando percolado por el ventanuco confinado en la pared y abierto tímidamente; visitas impares y repartidas a placer por el azar en nuestro calendario. Sé que nunca nos pertenecimos, sé que la reciprocidad viste con galas y abalorios de ausencia. Sé una ilusión óptica que se torne palpable cuando mi apetencia reclame su atención.

Quedan tus horas apretujadas en mi habitación, los recortes coloridos de tus camisas de invierno y los granos de arena que depositaste durante los principios del último verano, cuando cruzamos algunas miradas casuales y no hubo intercambio de palabras los sábados en la playa, cuando la luna imperaba en la nocturnidad. Siempre quedarás, siempre tú como fuego fatuo, como las cenizas desechos de los rescoldos que levitaron en virutas de fuego.

Ni triste olvido, ni reducción tuya en mi sesera. 

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