Arder a viva llama, como los recuerdos vueltos cenizas que con el abrazo u opresivo lazo de una lengua de fuego se exilian de la memoria haciendo de esta un fotograma en blanco. Disparar a quemarropa, habiendo antes desgastado el soniquete metálico que emite el tambor con la manipulación del revólver. Coleccionar las virutas, reunión, junta y montón de madera serrada, venida a menos, nubes de polvo esparcidas al descoyuntarse la estructura central hasta de los pensamientos que eran sólidos. Suspender en el vacío, planear a modo de etérea capa de invisibilidad la vocación que con el agite de los años es ahora ocupante de geografías inconcretas. Rasurar a fin de cuentas el alma, trastabillar y caer en el abismo o certeza de que son las limitaciones innatas responsables, aunque no últimas y por ello sólo en parte, de que todo ápice de furor esté extinto, yendo menguando nuestra corporalidad y silueta al ritmo al que un fósforo incendiado va empequeñeciéndose, minimizándose a la par el ímpetu del latido gestado en el propio corazón.

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