domingo, 1 de enero de 2017

1964



Una historia no tiene principio ni fin, tan solo puertas de entrada.  
Una historia es un laberinto infinito de palabras, imágenes y espíritus conjurados para desvelarnos la verdad invisible sobre nosotros mismos. Una historia es, en definitiva, una conversación entre quien la narra y quien la escucha, y un narrador solo puede contar hasta donde le llega el oficio y un lector solo puede leer hasta donde lleva escrito en el alma.

Esa es la regla maestra que sostiene todo artificio de papel y tinta, porque cuando se apagan las luces, se silencia la música y se vacía el patio de butacas, lo único que importa es el espejismo que ha quedado grabado en el teatro de la imaginación que alberga todo lector en su mente. Eso y la esperanza que todo hacedor de cuentos lleva dentro: que el lector haya abierto su corazón a alguna de sus criaturas de papel y le haya entregado algo de sí mismo para hacerla inmortal, aunque solo sea por unos minutos.

                                                                                                         
                                               El Laberinto de los Espíritus

Escasos libros dejan huella como este, arrastrándote hasta altas horas de una madrugada tal que esta, como si de una suerte de constante brisa meciéndote en el entramado hilvanado de sus líneas se tratase. Sólo por poder extraviarse uno entre las casi mil páginas merece la pena vivir a expensas de la inagotable literatura. Lástima que las horas al fin todo lo consuman. 





No hay comentarios:

Publicar un comentario